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lunes, 27 de diciembre de 2021

- San José, nos escribe en estas fiestas

Carta de San José a los esposos

Queridos hombres y esposos y esposas del mundo:
Entre tantas felicitaciones como recibiréis en estos días, estoy seguro de que ninguno de vosotros espera un saludo mío.



En el fondo, os entiendo. Yo José de Nazaret fui el gran mudo de la familia y la Navidad.
Todos hablan de mí. Pero yo no hablaba nada.

A mí sólo me correspondía ver, mirar, contemplar y luego dejar que mi corazón entendiese.
Es posible que muchos me sientan envidia. ¡Oh qué padre tan feliz!
¡Tener por hijo nada menos que al Hijo de Dios!
Sí. Es una maravilla. Pero todo eso es maravilloso en la fe.

Para mí todo era un misterio.
Esperaba el nacimiento del Hijo de Dios.
Y veo a un niño como los demás.
Esperaba que Dios naciese radiante como nace brillante el sol cada mañana.
Y el Niño no tenía brillo particular. Y con los ojitos cerrados como todo niño al nacer.
Y en mi corazón, tenía que decir: “y a pesar de todo es el Hijo de Dios”.

Mi primera desilusión fue cuando, al llegar a Belén, todas las puertas se me cerraron.
Yo era consciente de que en cualquier instante María estaba para dar a luz.
Ya no era el momento de andar pensando grandes cosas.

Y es terrible llamar a una puerta y que te den con ella en las narices como a gente indeseada.
No estaba discutiendo el precio de una pequeña habitación, al contrario, sentía que, en ese momento, los tres: María, el Niño y yo, éramos “parte de los excluidos, de las personas que no tienen cabida, con las que no se cuenta”.
Todos me pedían mis documentos.
Y yo venía precisamente a buscarlos a Belén.
Y como no los tenía, todos pensaban que pudiera ser gente de mal vivir.

¡Y yo, con el parto de María a las puertas!
No se imaginan el sufrimiento de aquellas horas.
A ella le decía cariñosamente: “espera, María, un momento más”.
Y la pobrecita me miraba con unos ojitos que me rompían el alma.

Cuando encontramos el establo, “una cueva sin puerta, un refugio de animales”, sentí que el alma me volvía al cuerpo. No era gran cosa para la maravilla que esperaba.
Pero era todo lo que yo le podía ofrecer.
Yo pensaba para mis adentros: “por esta puerta que ya ni es puerta entra en el mundo el amor y la liberación de Dios”.
Por un momento, aquello me pareció un palacio.
Al menos, tenía un ambiente templado por la presencia del borrico y una vaca tumbados sobre la hierba seca.

Permitidme, por un momento, pensar en cuantos también hoy, como nosotros entonces, se sienten excluidos; de los que están de más, Yo también me sentí ilegal en Belén.

Mi cabeza pensaba en la cuna que le había hecho al Niño y que tuvimos que dejarla en Nazaret. Naturalmente era imposible traerla con nosotros.
Yo había puesto todo mi cariño haciéndola. Y total, para nada. Se había quedado en el taller a la espera de nuestro regreso.

Tampoco os voy a decir que para mí fue aquello algo tremendo.
Mi alma estaba muy en calma. Mi espíritu muy sereno.
Al fin y al cabo, me daba cuenta de que ésos eran los caminos de Dios.
Por eso, en medio de mi sufrimiento humano, interiormente viví la gran fiesta del amor de Dios a los hombres.

Y esto me gustaría que lo aprendieseis también vosotros los esposos.
Es posible que, en el fondo de vuestro corazón, soñéis con grandes cosas. Y luego la vida os hace aterrizar. La vida no siempre responde a los gritos del corazón.

Lo importante, en estos casos, es no dejar que la realidad se imponga a nuestros sentimientos y a nuestras ilusiones.
Además, esos sufrimientos por amor y fruto del amor, son sufrimientos que sanan y curan mucho nuestros corazones.
Nos limpian por dentro para que podamos ver mejor con nuestros ojos.
Habrá cosas en vuestras vidas no siempre fáciles de entender.
Lo mismo me sucedía a mí. Pero no siempre lo importante es entender.
Lo fundamental es saber aceptar los caminos de Dios.

Por eso, en estas Navidades, en las que todos vosotros me volveréis a poner serio, apoyado en mi bastón junto al pesebre, yo os quiero felicitar.
Pero os debo decir que yo no estaba tan serio como me pintáis.
En mi corazón había una gran fiesta.
¿Cómo podía yo causarle preocupaciones a María?
Ella necesitaba también de mi apoyo. Y verme preocupado sería para ella una pena más. Yo no podía hacerlo.
Yo tenía que ser el hombre firme en la fe, en la aceptación de aquel Hijo que no me pertenecía pero que yo quise y amé como si fuese mío propio.

Yo, que algo me sé de Navidad y de familia, quiero felicitar a todos los hogares y familias, en estas Navidades.
Quiero felicitar a todas las mamás que saben lo que es dar a luz un hijo, incluso no siempre en las debidas condiciones.
Quiero felicitar a todos los papás para quienes un hijo más implica un esfuerzo más en la vida.

Que en estas Navidades 2021 y hoy que celebráis “mi familia” seáis todos muy felices. Que si tenéis problemas no os dejéis aplastar por ellos.
Y que todos viváis el gozo y la alegría del gran regalo de Dios en estos días: El regalo de su Hijo Jesús.
        +San José, un esposo que sabe mucho de Navidad.

 

https://mensajealosamigos.wordpress.com/2021/12/25/carta-de-san-jose-2/

 

miércoles, 22 de diciembre de 2021

- Camino a Belén: el agotador viaje de María y José

Un periplo de 156 kilómetros que representó una auténtica prueba para la pareja en una época en la que los caminos no estaban pavimentados –aunque sí lo estuvieran en buena parte del Imperio romano– y cuando el único medio de transporte disponible era el asno o el camello. A esto habría que sumarle el hecho de que María estaba casi en el noveno mes de embarazo. 

Y aunque José, descendiente del rey David, era originario de la pequeña aldea de Belén en Judea, él y María vivían en Nazaret, al norte de Galilea, cuando María quedó encinta de Jesús, (Lucas 2, 1-14).

Sin embargo, cuando María llegaba casi al término de su embarazo, el emperador Augusto ordenó un gran censo que obligaba a todo el mundo a dirigirse a su pueblo de origen. Así nos narra San Lucas: “José, que pertenecía a la familia de David, salió de Nazaret, ciudad de Galilea, y se dirigió a Belén de Judea, la ciudad de David” (Lucas 2,4).

Un viaje entre dos ciudades bastante alejadas (156 kms), en donde una pareja de esposos –María y José– deciden ir a Belén para empadronarse de acuerdo a lo requerido por un edicto de Augusto César para censar a toda la población.

Este viaje realizado por esta obligación legal produce un cambio para toda la humanidad, tal como lo celebramos en estos días. José sale de Galilea, específicamente de la ciudad de Nazaret rumbo a Judea, a la ciudad de Belén, que se le conocía como la casa y familia de David.

Belén, llamada Efratá en la antigüedad, está situada a 7 kilómetros al sur de Jerusalén, pero a una altitud de 750 metros. Aunque se trataba de la ciudad del rey David y la matriarca Raquel, segunda esposa de Jacob, estaba enterrada allí, la ciudad era considerada secundaria en aquella época. No obstante, el camino, muy montañoso, lo transitaban muchas caravanas que iban de Jerusalén a Egipto.

Los evangelios canónicos no dicen nada sobre el medio de transporte que empleó la pareja, pero podemos suponer que tenían a su disposición un asno que cargara con los alimentos. Probablemente también durmieron tres o cuatro noches bajo las estrellas o en posadas.

Un viaje agotador al final del cual los cónyuges no encontraron más que un establo para dormir. La celebración de la Navidad debería, por tanto, recordarnos el valor y la entrega de esta pareja ejemplar.

Este viaje y el posterior nacimiento de Jesús determinan un cambio de rumbo en la humanidad que pervive hasta nuestros días. Las condiciones de pobreza de la pareja de José y María y las condiciones pedestres en donde se desarrolla el alumbramiento, configura un rasgo de humildad que mantuvo Jesucristo durante su vida y su predicación. 

María tenía puesto su corazón en Belén, donde había de nacer su Hijo.

Y allí se dirigió con José, llevando lo imprescindible. El camino, en no muy buenas condiciones, lo harían en cuatro o cinco jornadas, con un borrico que cargaba con las vituallas y la ropa; a veces llevaría a la Virgen sobre sus lomos. Se unirían a alguna pequeña caravana que se dirigía a Jerusalén, última etapa antes de llegar al lugar de sus antepasados.

En esta ciudad entrarían en el Templo, pues ningún israelita piadoso dejaba de hacerlo. ¡Quién podrá imaginar la oración de la Virgen en aquel Santuario, llevando en su seno al Hijo del Altísimo!

Casi dos horas más de camino y ya estaban en Belén. Pero allí no encontraron dónde instalarse. Hemos de pensar en el cansancio –la Virgen está ya a punto de dar a luz–, en el polvo de aquellas rutas, en las comidas hechas al paso muchas veces… 

Dice San Lucas: "Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta.

Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento.(Lucas 2, 4-7)

No hubo lugar para ellos en la posada, dice San Lucas con frase escueta.

La Virgen comprendió enseguida que aquel empadronamiento era providencial en su vida: las palabras del ángel, guardadas en su corazón como un tesoro, la movían a meditar las Escrituras de un modo nuevo, como nadie antes lo había hecho. El mensaje del ángel iluminaba los pasajes oscuros o incompletos del texto sagrado.

Había vivido tres meses en casa de Isabel y de Zacarías, quien, como sacerdote, poseía una cultura que le permitía acceder directamente al texto sagrado. La Virgen comprendería a su vez cómo en las Escrituras se hablaba siempre de una mujer en relación directa con la llegada del Mesías.

Al comienzo del Génesis se dice que de la descendencia de una mujer saldría quien aplastará la cabeza de la serpiente. Por su parte, Isaías había profetizado: Una virgen concebirá y alumbrará un hijo, que se llamará Emmanuel. Y casi al mismo tiempo, el profeta Miqueas señala al Mesías con estas palabras: la que ha de parir, parirá… Siempre se habla de una mujer, jamás de un varón.

Y eso en un pueblo para el que la figura del padre lo era todo o casi todo, y donde las mujeres carecían de importancia en el mundo social e, incluso, religioso.  La Virgen sabía que su Hijo debía nacer en Belén. Habría leído y escuchado muchas veces los textos del profeta Miqueas: Y tú, Belén, tierra de Judá, de ninguna manera eres la menor entre las tribus de Judá, pues de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo, Israel…

María sabía que su Hijo era también Hijo de David. Este apelativo se convirtió en el más popular de los títulos mesiánicos. Los enfermos y las multitudes lo repetirán con frecuencia en el curso de la vida pública de Jesús. Y Él lo aceptará; únicamente añadirá que es también el Hijo de Alguien más grande que David.

Belén hoy: La estrella señala el lugar de la cueva del Nacimiento de Jesús

sábado, 5 de diciembre de 2020

- María embarazada: milagro y misterio

A la Virgen María se le confió una enorme tarea a una edad realmente temprana. Las narraciones bíblicas no dicen la edad exacta de la Virgen María cuando el ángel Gabriel le pidió que fuera la madre del Salvador del mundo. Sin embargo, las tradiciones judías de aquel momento dan una idea y proporcionan un rango de edad aproximado. “las doncellas judías se consideraban casaderas a la edad de doce años y seis meses, aunque la edad real de la novia variaba según las circunstancias. “El matrimonio estaba precedido por el compromiso, después del cual la novia pertenecía legalmente al novio, aunque ella no viviera con él hasta aproximadamente un año después, cuando el matrimonio solía celebrarse“.

Esto está de acuerdo con otras fuentes históricas y esa fue incluso la práctica en Tierra Santa hasta principios del siglo XX. Un historiador bíblico señala: “Algunas costumbres de la tierra de la Bíblia continuaron a través de los siglos, y después de su viaje a Oriente Medio alrededor de 1910, Alma White comentó sobre la edad del matrimonio: “Una niña suele estar casada en su duodécimo o decimotercer año. , y algunas veces tan pronto como en su décimo año“.

La esperanza de vida corta era uno de los factores motivadores que había detrás de esta temprana edad, ya que la expectativa de vida promedio para la mayoría de las personas en el mundo antiguo era entre 30 y 40 años. Además, la edad más temprana con la que una mujer puede concebir y tener un hijo es generalmente entre los 12 y los 14 años. Cuando se ve en este contexto, la Anunciación es un evento aún más notable: una joven adolescente dijo “Sí” a tener al Mesías en su vientre. Era solo un poco mayor que una niña y a ella se le encomendó la tarea de criar a Jesús, el Hijo de Dios. Es algo impresionante, una realidad que puede crear un mayor amor y admiración a la Virgen María.


A modo de “diario” o reflexión de María en su embarazo de Jesús…
Pero entre todos los de la historia, los nueve meses que tuve a mi Niño en mi seno fueron singulares. 

Porque todas las demás mamás saben o imaginan, de un modo u otro, cómo será su niño. Si parecido al papá o a ellas, si a la familia paterna o materna.

Pero mi Niño… fue concebido de manera especial. Mi Niño se formó en mi seno porque el Poder del Altísimo me cubrió con su sombra.

Esos meses fueron maravillosos y tremendos al mismo tiempo. 

Maravillosos, porque sentía la Vida palpitar en mi interior. 

Porque sentía que, en realidad, no sólo yo y José esperábamos: era toda la humanidad, más aún, todo el cosmos, los que estaban esperando su nacimiento.

Y sentía a cada paso a mi lado el anhelo de Abraham que deseaba ver cumplida la promesa, y la mirada de Moisés, que había hablado cara a cara con Dios… 

Y sentía muy cerca a David, anhelando ver realizada la esperanza de un reinado eterno de un descendiente suyo… e imaginaba y casi podía escuchar a Isaías, hablando de él, y diciéndome al oído: “…será llamado Príncipe de la paz… el Espíritu del Señor reposará sobre Él… será el Emmanuel”

Pero a la vez fue tremendo. Tremendo porque alrededor todo parecía igual. Porque el mundo y los hombres seguían en sus cosas, encarcelados en el estrecho límite de sus ocupaciones cotidianas, intentando llenar su anhelo de infinito con migajas… 
Y seguían ofendiendo a Dios, a ese Dios que había elegido el camino menos esperado para redimirlos.

Desde Niña había aprendido a rezar con las oraciones de mi pueblo, a veces con los ojos puestos en el Cielo, otras veces con ellos cerrados.

En esos meses, para rezar, miraba hacia adentro… y tocaba, ¡sí!, tocaba al Santo de Israel, y lo acariciaba presente en mi interior. Y le decía muchas veces a mi Niño: “…mi alma tiene sed de contemplar tu Rostro…”

Así transcurrieron los días, las semanas y los meses. Afuera pasaban cosas, se sucedían los problemas… José sufrió pero fue fiel, y aceptó… En Roma, el emperador tuvo la idea de convocar el censo; en mi patria, muchos se rebelaron. Nosotros, simplemente, obedecimos, porque sabíamos que algo tenía Dios preparado.

Pero para mí, la verdadera Realidad estaba en mi interior, estaba por Nacer. 

Intuía que con su Nacimiento, Dios comenzaría a cumplir su promesa: “aparecerán Cielos nuevos y tierra nueva». En ellos comencé a vivir desde entonces.

El Niño en mi seno es el mayor milagro y misterio de la historia. Por eso, mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador… Alégrense ustedes los que han sido llamados a salir a su encuentro.”

Oración de una futura madre embarazada:

Señor mío por medio de la fecundidad me concedes la gracia de colaborar contigo en el misterio sagrado de esta nueva vida sagrada que se crea en mi seno. Aquí estoy para agradecerte y para implorar. Un día quisiste que Tu Hijo, Jesús, se hiciera hombre en la carne y en la sangre de María,
Virgen Purísima. Por este acontecimiento santo, yo te ruego: Protégeme en este embarazo, para que mi hijo nazca perfecto y sano, que sea también tu hijo por las aguas del bautismo y crezca bendito y feliz. ¡Yo lo consagro desde ahora a Ti a la lVirgen María! Yo acepto generosamente las incomodidades y sufrimientos de esta espera y del momento en que mi hijo venga a la luz.

Te pido apenas que me conformes y que me des fuerzas para que yo tenga vida y salud para cuidar a esta criatura en todo lo que ella vaya a necesitar de mí.
Santa Madre de Dios, alcanza de Jesús, tu hijo. Lo que pido ahora por la vida que traigo en mi seno. Amén.



miércoles, 8 de julio de 2020

- La mesa de Cristo en Nazaret

Los años de la vida oculta de Jesús en Nazaret, y el silencio de los evangelistas, es algo que resulta muy llamativo. Podían haber contado cosas interesantes de aquellos años: de Nazaret, con sus peculiares casas excavadas en la tierra; o de la capital de la región: Séforis, a sólo 5 km de distancia, atacada por los romanos cuando Jesús era niño de la construcción de la nueva capital de la región, Tiberias, en la orilla del lago de Galilea, empresa que se terminó cuando Jesús tenía poco más de veinte años..
Las comidas de Jesús con la gente:
   Los evangelios narran diferentes encuentros-comida de Jesús con todo tipo de personas en los tres años de su vida pública. Jesús gustaba de sentarse en la mesa y compartir con todos; incluso su despedida la realizó también sentado en una mesa, en una cena, acompañado de su Madre y sus discípulos, conocida como “la última cena”.
   En los largos años de su vida en Nazaret (tenía unos 30 años cuando dejó su pueblo de la infancia y la juventud), es fácil imaginar los diversos encuentros que Jesús realizó con sus amigos, vecinos, compañeros en algún lugar de Nazaret que permitiera el encuentro fraterno, la amable conversación, el compartir juntos…
   Y, visto que Jesús gustaba de celebrar estos encuentros alrededor de una mesa, resulta muy evocador el poder conocer este rincón del antiguo Nazaret, la “Mesa de Cristo” (Mensa Christi), una redonda mesa de piedra situada (en tiempos de Jesús) en un paraje con la agradable sombra de los árboles, junto a un riachuelo de agua fresca… Un lugar tranquilo para el encuentro, el diálogo y el compartir algo de comida y bebida –el agua cristalina del riachuelo- bien lo facilitaba..


   Veamos este lugar santo de Nazaret (poco conocido por los peregrinos), que evoca a Jesús joven, rodeado de compañeros y amigos, sentados en la mesa… Recordemos que entre los 12 discípulos que Jesús eligió, varios eran de Nazaret, y muy cercanos, como Judas Tadeo, primo de Jesús…

    Nazaret es la ciudad árabe más grande de Israel, con una población mixta de árabes cristianos y musulmanes. Esta ciudad de iglesias es una importante atracción turística y lugar de peregrinación para los cristianos del mundo, por ser el lugar de la Anunciación, cuando el Arcángel Gabriel anunció el nacimiento de Jesús a la Virgen María.
   Las tres décadas que Jesús pasó en Nazaret son comúnmente llamadas los "años de silencio". A lo largo de los siglos, los cristianos han buscado sitios en Nazaret para conmemorar los acontecimientos de la vida de Jesús. 
La iglesia, que se puede visitar a petición, se encuentra dentro del zoco árabe. Está coronada por una pequeña cúpula y en el ábside, en lugar del altar, se encuentra el banco rocoso de forma paralelepípedo, marcado por varios graffiti dejados por la veneración de los peregrinos.
Esta pequeña iglesia franciscana contiene una losa de piedra de 3,6 metros de largo y tres metros de ancho que según la tradición era la roca sobre la que Jesús comió con sus discípulos.
    Mensa Christi, en latín para "Mesa de Cristo", contiene una losa de granito que, según la tradición, era la roca sobre la que Jesús cenó con los discípulos después de su resurrección. Los franciscanos inicialmente construyeron una capilla en este sitio en la segunda mitad del siglo XVIII. La iglesia actual, una renovación de la capilla anterior, se completó en 1861. El gobierno israelí, en un proyecto conjunto con el municipio local, recientemente completó una renovación y restauración de $ 80 millones de la ciudad vieja de Nazaret para las celebraciones del Milenio del año 2000. Una parte de este proyecto fue la restauración de los frescos y la cúpula de la iglesia.
    Ubicación La iglesia está ubicada dentro de un barrio denso, sobre el distrito de la iglesia, en la ciudad vieja de Nazaret. Está al norte del Convento de las Hermanas de San Carlos Borromeo, y cerca de la Iglesia Maronita de la Anunciación y el Centro Ecuménico de Cuidado Infantil Cristiano. Se puede acceder solo a pie por una empinada carretera desde el convento carmelita, o por encima de la iglesia de la sinagoga. Este tipo de pasarela es típico de callejones pequeños en Nazaret y otras aldeas árabes en Israel. 

También es donde Jesús pasó su adolescencia, y en la aldea cercana de Caná, donde realizó el primero de sus milagros. La principal atracción turística de la ciudad es la Iglesia de la Anunciación, a la que todos los peregrinos y turistas acuden directamente. Después, dé un paseo por el distrito del mercado de la ciudad vieja. Este lugar animado, ruidoso y bullicioso hace un buen contraste después de visitar todas las grandes iglesias.

    La iglesia franciscana Mensa Christi (Mesa de Cristo) tiene un interior bastante pequeño, pero contiene una losa de piedra de 3,6 metros de largo y tres metros de ancho que se cree que el Cristo resucitado comió con sus discípulos.

La iglesia actual, construida sobre el sitio de una iglesia más antigua, data de 1861 y ha sido renovada en los últimos años. La iglesia generalmente se mantiene cerrada con llave, pero el guardián normalmente está cerca, y usted puede ingresar al pedir la llave.